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Veinte días en Génova: 10

Primera encuentro 625777

Mi nombre es Augusto Pinochet Ugarte. Augusto como el gran emperador romano, aunque en mi caso, debo reconocer que mi llegada al poder no fue seguida precisamente de un período de paz, por muy artificial e impuesta que fuera la pax del augusto emperador. Augusto, también como el clown que realiza el rol de serio y adusto, frente a la comicidad delirante de los restantes payasos; en este caso, el nombre sí guarda cierta relación conmigo, porque aunque siempre me he caracterizado por mi semblante adusto y serio, mis adversarios me han ridiculizado numerosas veces como si fuera un payaso. Pinochet, apellido de raigambre europea, como los que suelen llevar los civilizados criollos de la alta burguesía chilena. Sin embargo, algunos de mis lejanos parientes parecen abominar de tan ilustre apellido, no sé por qué razón. Ugarte, otro nombre de estirpe europea, en este caso euskalduna, otra de las etnias que dan origen a la selecta burguesía criolla del Cono Sur. Pero desafortunadamente esto no sólo afecta a mi identidad nominal.

Dejo trazado el cuadro de la localización legislativa de los Estados sardos; del movimiento y dirección que allí toman las ideas generales, las letras, y la sociedad. Para los espíritus sinceros, que dan rienda suelta a su observación y la permiten distraerse en la corteza de las cosas que ven por primera vez, no creo que sean indiferentes muchos de los detalles a que me abandono con frecuencia. De todos modos, yo cuento con sinceridad lo que por mí ha pasado. Génova tiene como abogados, de los cuales una tercera parte se consagran a la magistratura. Los procuradores son llamados abogados causídicos, son expertos, despejados y se expiden en la barra con tanto desembarazo como los abogados mismos. Se presentan en la audiencia con toga de vellón, a diferencia del abogado, que la lleva de seda.

Sin embargo, la espontaneidad de la prometida, que llegó a interrumpir y a apostillar varias veces al Príncipe de Asturias, y su forma de desenvolverse convirtió el acto en otra cosa. Igual que durante su primera comparecencia ante la Prensa, el Príncipe de Asturias y doña Letizia permanecieron cogidos de la mano y sonrientes durante casi los diez minutos que duró la sesión. Doña Leticia toma la palabra: «Hace tiempo». Pero por lo menos teníamos la confianza de adeudar la decisión tomada». Después de estos comentarios, se les pidió que enseñaran los regalos, el anillo y los gemelos. Una vez mostrados, Don Felipe agregó: «Aparte, tenemos otros regalos que nos vamos a dar luego, empero que ya nos los hemos anticipado. Yo le voy a dar una joya de la Familia y Un libro que quería para él».

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