Conversación

Hijas De La Luz Del Norte

Ofrezco enseñartelo paja cariñosa 110128

Para mis lectores desde el comienzo, porque este libro no es mío, es nuestro. Así que, como cualquier chica que alguna vez haya pisado la Tierra, yo soñaba con visitar el estado dorado. Quería correr por la arena de Venice Beach, poner las manos sobre las estrellas de mis celebridades favoritas en el Paseo de la Fama, poder contemplar la hermosa ciudad desde el famoso letrero de Hollywood. Es demasiado irritante como para ignorarla. Mi madre solía recordarme a diario: «No tienes por qué acercarte a él». No creía que él se mereciera ocho semanas conmigo.

Barnaby Rudge 1 Ronda de Sant Pere. Impresión y encuadernación: Taller de Libros, S. De niño, yo no era demasiado tonto, pero el regalo era exagerado para alguien que nadaba en mares de revistas de cómics argentinos y mexicanos sobre todo mexicanos, de la editorial Novato- y que cuando se asomaba a los libros era para atender a Emilio Salgari y a Julio Verne. De guisa que aquel volumen, de la librería Peuser, tuvo que macerarse durante un tiempo antes de convertirse en el primer libro no infantil que leí. Muchos años después, mis hijas, a la misma edad en que lo había hecho yo, leyeron David Copperfield, en el mismo ejemplar que, cuarenta años antes, me había sido cubo por mi tía abuela, y que ahora descansa, esperando a la próxima generación, en la estantería junto a la cual he empezado a fechar estas líneas. El momento de máximo proximidad entre él y yo, no obstante, no tuvo lugar en un libro, sino en la visita que hice a su casa, ahora transformada en museo. No sé si es por culpa de aquel David Copperfield que me ha acompañado toda la vida que yo amo el tragedia, sea que se vista de novelística negra, sea que se vista de novela histórica, de guerra, de espías o de tragedia realista, como en Dreiser o en Scott Fitzgerald. Únicamente el melodrama puro y duro, el de los culebrones, me choca; y creo que ello se debe a que no es sino parodia de melodrama.

Semejante soy, tal fui. Si apenas sé cómo me llamo, tampoco me doy clara cuenta de la religión que profeso, pues las tres que aquende tenemos, confunden en los espacios de mi espíritu sus viejos dogmas y sus ritos pintorescos. Y ved aquende que yo, el hombre de las grandes confusiones, el panteólogo desmemoriado que, al descuidar la fijeza de su nombre, borra con igual descuido los nombres de las cosas, me meto a refundir en una sola enjuiciamiento las tres que aquí los humanos practican, divididos en castas, familias o rebaños, con sus marcas correspondientes. Las tres me mandan que ame a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a mí mismo, y que perdone las ofensas; las tres me señalan la vida eterno como fin sin fin de nuestro ser, y me ofrecen recompensa o castigo conforme al valor moral de mis acciones, mientras me tiene Jesucristo estacado en la sociedad humana, paciendo en las no siempre fértiles praderas de la vida fisiológica.

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