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Pomerans GMP, Primera edición Segunda edición Tercera edición Para Berendina Hermina, mi madre, y agradecimientos a mi familia adoptiva Frisian Luego doblan sus manos en oración, antes de su simple comida. Ida G. Gerhardt Invierno del hambre 1 l despertador suena a las cinco en punto de la mañana. Me tropiezo dentro de mi pequeña habitación. Una forma cuadrilongo espera implacablemente en la penumbra del lugar: la maleta.

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Únicamente noto el agujero que me desgarra el pecho. Me arrodillo desesperado viendo cómo Zed arranca el coche y sale del aparcamiento con Tessa en el asiento del acompañante. Nunca lo habría imaginado, ni en mis peores pesadillas habría pensado que podría arrepentirse un dolor semejante. El dolor de la pérdida, lo llaman. Nada de esto entraba en mis planes. Punto pelota. Sólo que no fue así. La rubia con faldas largas que hace listas interminables de tareas pendientes se me fue metiendo bajo la piel hasta que estuve tan loco por ella que ni yo mismo me lo creía.

El teléfono se le cayó de la mano y fue a mellar el pisapapeles de cristal que había sobre su escritorio. Pero Jeff no estaba distraído; le importaban un bledo las divagaciones de Sidey. Llevaban cinco abriles sin tomarse unas verdaderas vacaciones, desde aquel viaje a Europa que baza habían planeado pero que al último resultó decepcionante. O una vivienda sobre la avenida Ridgeway, en White Plains, cerca de los campos de golf, una de estilo Tudor con doce habitaciones. Jeff siempre se imaginaba al hijo que no habían tenido como un niño de ocho años que se había saltado todas las exigencias de la infancia sin haber apurado los tormentos de la pubertad.

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